Los avances tecnológicos no dejan de derribar barreras, y cada día incluimos en nuestro ajuar diario aparatos y utensilios que se convierten en indispensables y que hace años seguramente nunca imaginamos que seríamos capaces de utilizar. Resulta curioso imaginar lo cargados que iríamos con todos esos archivos de Word que escribimos desde el trabajo y que nos enviamos por email para terminarlos en casa. Caminaríamos por la calle con papeles y más papeles que seguramente se nos caerían en algún momento del trayecto del trabajo a casa o de casa a la Facultad. Tendríamos que viajar con una maleta extra para empaquetar todas las imágenes que nos traemos cada vez que vamos de vacaciones, o entraríamos al lugar de trabajo con una sospechosa carpeta llena de folios que pretendemos repasar antes del examen de la tarde, en esos ratos muertos del horario laboral.
En cambio, llenamos bytes y más bytes de toda esa información, que nos acompaña siempre, pero dentro de nuestro bolsillo en el teléfono móvil o en memorias externas; o en ese ambiente intangible que ocupan -no sé muy bien dónde- nuestros correos electrónicos. El almacenamiento de datos sin ningún interés futuro se convierte en algo difícil de controlar. No es hasta que necesitamos encontrar algo concreto que no nos damos cuenta del desmadre en el que hemos convertido nuestro ordenador o nuestra cuenta de correo.
La tecnología avanza, pero en el fondo casi todos buscamos lo mismo en nuestros aparatos, y eso lo saben bien los fabricantes, que incorporan en sus productos aquellos elementos que más utilizamos. No sorprende demasiado que esta realidad acarree pisotones entre las numerosas marcas, y que las tecnologías sean esencialmente las mismas pero que busquen la exclusividad a pesar de ofrecer utilidades muy similares.
En el momento actual, probablemente resultaría abrumador contabilizar la cantidad de patentes y registros de todas las utilidades que presentan los aparatos tecnológicos que utilizamos todos los días, por lo tanto es comprensible que la innovación tenga que incorporar un control minucioso de aquello que ya está inventado, para no buscarse problemas con otras marcas. La innovación tecnológica ha incorporado a su actividad un elemento hasta ahora propio de, por ejemplo, el mundo del arte, en el que el plagio se controla de manera estricta, para proteger la propiedad intelectual. Y es que la tecnología ocupa un lugar destacado en nuestro día a día, y las ideas parecen deber protegerse igual que si se tratase de una expresión artística.